Por: Luis Reed Torres
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Al tratar los hechos referidos en la entrega anterior y que dieron como resultado el desplome del andamiaje jurídico mexicano que tan penosamente se había edificado en aras del rescate de la riqueza del subsuelo, el reconocido economista Miguel Manterola, de destacada participación en la época de la expropiación petrolera cuando redactó el capítulo contable y financiero de las empresas demandadas en esa época, asevera categóricamente que la nueva legislación de 3 de enero de 1928 (o sea la auspiciada por el embajador estadunidense Dwight Morrow) «en realidad implicaba el completo reconocimiento de todos los derechos otorgados en materia de petróleo a los explotadores (…); esto es, resultaba en gran parte teórica la reivindicación pretendida por la Constitución de 1917.
«De ahí que tanto los gobiernos extranjeros interesados como las compañías que operaban en el país –agrega– se mostraron finalmente complacidos con la legislación expedida en 1928. Pero no hay que perder de vista que esto había sido logrado por las empresas después de mover todos los resortes internacionales y después de lanzar amenazas y realizar actos bochornosos. Recuérdese por ejemplo lo frecuente que fue por esos años la presencia de barcos de guerra estadunidenses frente a los puertos de Tampico, Tuxpan y Veracruz, prestos a desembarcar sus tropas a la menor indicación de sus gobiernos, tal como lo hicieron en otros tiempos» (Manterola, Miguel, La Industria Petrolera en México, Desde su Iniciación Hasta la Expropiación, en La Industria Petrolera Mexicana, México, UNAM (Escuela Superior de Economía), 1958, 117 p., p. 10).
A su vez, el acucioso investigador y jurista Luis G. Zorrilla anota que el cambio de legislación, ahora favorable a las compañías petroleras y a Estados Unidos, significó un virtual retorno a los Tratados de Bucareli de 1923, por los que México renunciaba a ejercer su soberanía sobre las riquezas del subsuelo.
«Pronto comenzaron a extenderse –añade– las confirmaciones sin limitación de tiempo, alcanzando a cubrir en 1938, víspera de la expropiación de las propiedades petroleras, a 5.904,584 hectáreas totalmente sustraídas al artículo 27 constitucional, contra 1.676,767 hectáreas que quedaron sujetas al mismo ordenamiento por provenir de actos posteriores a la vigencia de la Constitución de 1917, o sea que el subsuelo petrolero nacionalizado alcanzó el 28 por ciento. Las compañías petroleras, ayudadas eficazmente por el Departamento de Estado, habían vuelto a vencer en su desafío a las leyes y a la voluntad mexicanas. A pesar del arreglo –continúa Zorrilla–, los intereses petroleros se sentían amenazados y habían perdido por completo la confianza, absteniéndose de hacer nuevas inversiones y perforaciones, por lo que la producción siguió declinando rápidamente, al grado de que si en 1925 alcanzó 115 millones de barriles, en 1927 había llegado a la tercera parte de la alcanzada en 1921, con 64 millones de barriles, y en 1928 bajó a 50 millones. A pesar de la merma que esto implicaba en la percepción de impuestos, el gobierno aceptó la penuria con tal de hacer sentir su disgusto ante los arreglos acordados que le fueron impuestos por las circunstancias, no haciendo el menor gesto que indicara un cambio de actitud favorable a las compañías (…) En toda política de ajustes lo que se ha cedido bajo presión tenderá a reivindicarse pero hasta que la ocasión sea propicia. El artículo 27 quedó ahí como una advertencia permanente» (Zorrilla, Luis G., Historia de las Relaciones Entre México y los Estados Unidos de América (1800-1958), México, Editorial Porrúa, S.A., Tercera Edición, 1995, Tomo II, pp. 410-411. Énfasis de Luis Reed Torres).
Con disgusto o sin él, de buena o de mala gana, con Morrow torciéndole el brazo a Calles mientras le sonreía dulce y beatíficamente, o con un Calles hechizado ante la sugestiva labia del embajador, el caso concreto es, sin embargo, que la estrecha relación entre ambos hombres se tradujo en la renuncia a recuperar, de manera real y efectiva, la riqueza petrolera que brotaba de nuestro subsuelo…
Pero fue Josephus Daniels, futuro embajador de Estados Unidos ante Abelardo Rodríguez, Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho como ya se dijo, quien en sus Memorias plasmó años después estas pinceladas que reflejan con notable exactitud los indudables logros de Morrow frente al gobierno de México:
«Algunos aseguran que Morrow hipnotizó al Presidente de México. La confianza y el deseo de agradar ‘al gran y buen amigo’ de la Embajada estaban en su apogeo y Calles hizo pública su intención de efectuar un ajuste en la controversia petrolera. Morrow estaba ya preparado con el plan que Calles siguió y que nulificó la Constitución Mexicana convirtiendo las leyes petroleras mexicanas en una copia de las que estaban en vigor en los Estados Unidos. Al hacerlo así, Morrow creyó sinceramente que había logrado que sus compatriotas conservaran para sí valiosas propiedades y, además, que México y los Estados Unidos tuvieran bases comunes para la reglamentación de todo lo relativo a petróleo. Pero en realidad algunos petroleros refunfuñaron alegando que no habían obtenido todo a lo que tenían derecho, aunque entendían que lo que Morrow había inducido a hacer a Calles era anular la estipulación constitucional que otorgaba a la nación todos los derechos sobre el subsuelo» (Daniels, Josephus, Diplomático en Mangas de Camisa, México, Talleres Gráficos de la Nación, derechos registrados por Salvador Duhart M., y The University of North Carolina Press, 1949, 623 p., 338. Énfasis de LRT).

En El Proconsulado, última parte de su autobiografía, José Vasconcelos refirió las andanzas del embajador Dwight Morrow en México
A confesión de parte, ciertamente relevo de pruebas…
Tiempo después, sin embargo, cuando Morrow había recién fallecido en su país (1931) después de servir como embajador, un grupo de mexicanos encabezado por el ingeniero Javier Sánchez Mejorada obsequió una placa con la efigie del banquero para que fuese colocada en la sede diplomática estadunidense, con una leyenda que reza: «Cumplió su misión noblemente; amó y entendió a México, ganando el afecto de los mexicanos. Homenaje de sus amigos en México. 1932».
Tal era el Proconsulado al que se refería José Vasconcelos al abordar estos años…
Para dar carpetazo a todo este forcejeo aquí referido, el Departamento de Estado expidió una declaración (28 de marzo de 1928) en la que indicaba que «las medidas voluntarias tomadas por el gobierno mexicano aparentemente llevan a su conclusión discusiones que se iniciaron hace diez años». Quedaban pendientes asuntos menores que podrían ser solucionados «a través del debido funcionamiento de los departamentos administrativos y de los tribunales mexicanos».

El general José Gonzalo Escobar se levantó contra el maximato callista, pero sin el apoyo de la Casa Blanca fue rápidamente derrotado
En otro orden de ideas, el conflicto religioso que durante tres años ensangrentó al país llegó a su fin y, para el efecto, Mr. Morrow se dio tiempo para servir de mediador. De igual manera, el embajador brindó un respaldo incondicional a Emilio Portes Gil, sucesor de Calles en la Presidencia al ser asesinado Obregón, y al propio don Plutarco, convertido ahora en Jefe Máximo, frente a la rebelión militar encabezada por el general José Gonzalo Escobar. Sin el respaldo de Washington, los alzados fueron derrotados y el país tornó a la normalidad.
Por otra parte, las relaciones diplomáticas de México con otras naciones estuvieron determinadas por las que se marcaron con Estados Unidos. Inglaterra había roto con México durante el período obregonista y Calles no mostró particular interés en reanudar los contactos al principio de su régimen. Más bien eran los empresarios ingleses con intereses en nuestro país los que buscaban un acercamiento y presionaban a su gobierno en ese sentido. La coyuntura se presentó cuando sobrevino la aguda crisis diplomática entre México y Estados Unidos, cuando Calles creyó oportuno acercarse a Inglaterra y establecer un arreglo amistoso en materia de reclamaciones que Londres hacía a nuestro país. Finalmente se restablecieron las relaciones diplomáticas y un importante flujo de inversión británica arribó a México.

A la muerte de Alvaro Obregón, Emilio Portes Gil subió a la Presidencia con el apoyo de Calles
Bajo los regímenes de Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez, la cuestión petrolera permaneció virtualmente tal y como había quedado bajo Calles y Morrow. Sin embargo, todo cambiaría radicalmente a raíz del ascenso al poder del general Lázaro Cárdenas –entronizado en el poder por don Plutarco al igual que sus tres antecesores–, quien vigorosamente apoyado por las centrales campesinas y obreras y por el Partido Nacional Revolucionario (PNR), fundado en 1929, se sacudió el maximato al realizar cambios en su gabinete, romper con Calles y terminar expulsándolo del país en abril de 1936.
En 1925, cuando Calles pugnaba audazmente por devolver a México la riqueza petrolera, se fundó la Administración Nacional del Petróleo, con poderes sobre el control de las reservas y concesiones petroleras y, todavía bajo el maximato, se creó en 1934 la sociedad denominada Petróleos Mexicanos S.A. (Petromex), como empresa mixta; ya con Cárdenas se le reemplazó, el 30 de enero de 1937, con la Administración General del Petróleo Nacional, con funciones operatorias más que reguladoras. Por el poco tiempo que trabajó y las condiciones económicas y políticas que entonces prevalecían, no llegó a manejar más del tres por ciento de la producción nacional. Por esos años se registró un cambio en el consumo, ya que si en tiempos anteriores la mayor parte de combustible extraído se destinaba a los mercados internacionales, ahora empezaba a adquirir importancia el mercado nacional merced al aumento y diversificación de los transportes, a la plaza industrial en crecimiento y al incremento en el número de automóviles.
(Continuará)