POR: GONZALO DE SANDOVAL Y CÁCERES
¿Sabía usted que dentro de las diversas leyendas que narran el origen del ajedrez existe una cuya fascinante historia sorprende a todo el mundo por su inesperado desenlace?
El ajedrez es un juego de estrategia entre dos jugadores en el que se enfrentan, (en un tablero constituido por 8 líneas de cuadros blancos y negros y conformadas cada una con 8 cuadros, para dar un total de 64 casillas), un ejército de piezas blancas contra otro de piezas negras, cuyo objetivo es cercar al rey contrario y dejarlo sin escapatoria, poniéndolo en jaque-mate, con lo cual se concluye el juego.

Sihisa enseñando al rey Selam el juego del ajedrez.
En sus diversas modalidades ha sido practicado en culturas tan antiguas como la egipcia, la hindú, la china, la persa, la griega y la árabe, entre otras, extendiéndose posteriormente a España en el siglo XVI, a Italia en el XVII, a Francia en el XVIII y en tiempos más recientes a Inglaterra, Alemania, Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética, actualmente Rusia, y después prácticamente a todo el mundo.
Sobre su invención existen diversas historias, según la cultura en la que se desarrolle; sin embargo, la más aceptada es la que señala a la India como el lugar de su nacimiento en el siglo VI, a partir de un juego llamado chaturanga, mencionado en algunos escritos en el siglo V.
He aquí la historia:
Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo reinaba en cierta parte de la India un rey llamado Selam. En una de las batallas en las que participó su ejército perdió a su hijo, y eso lo dejó profundamente consternado. Nada de lo que le ofrecían sus súbditos lograba alegrarle, ya que, además, siendo rico y poderoso, había gustado ya de todos los placeres de la vida; solamente la tristeza era su compañía y hasta llegó a pensar que sólo la muerte podía remediar la pesada carga que constituía su triste y monótona existencia.
Narra que los visires y chambelanes de su corte buscaron afanosamente en todos los rincones del reino a juglares, bailarinas, cantantes y trovadores que disiparan la aflicción y el tedio en que se encontraba sumido su señor, pero todo su esfuerzo fue en vano, incluso cuando el rey proclamó que daría todo lo que pidiera al sabio que consiguiera curarlo del dolor y aburrimiento por el que atravesaba.
De esta manera, atraídos por tan generosa oferta, acudieron a la corte sabios, nigromantes, artistas, encantadores, bufones y gente dedicada a crear ilusión y a distraer multitudes; no obstante, todo fue en vano. Uno tras otro fueron rechazados y nadie se atrevía a tocar las puertas del palacio, pensando que el mal que sufría el rey no tenía remedio.
Pero, cierto día se presentó un anciano de luengas y barbas blancas que solicitó enseñar al rey un curioso juego que había inventado.
Le condujeron ante Selam y en su presencia colocó sobre una mesa un tablero de cuadros blancos y negros y sobre el dispuso unas piezas de marfil mientras iba explicando al rey cómo se movían.
El rey contemplaba los movimientos de las piezas sobre el tablero y accedió a jugar una partida, misma que, cuenta la historia, perdió. Herido en su amor propio volvió a jugar, presentándose el mismo resultado.

Visualización de la cantidad de granos de trigo solicitados por Sihisa hasta el onceavo cuadro.
Se cuenta que durante toda la tarde Selam jugó con el anciano de la barba blanca y cuando la noche caía sobre los jardines reales, el monarca estalló en una alegre carcajada, pues había derrotado por primera vez a su contrincante.
Un suspiro de alivio y alegría se escapó de todos los reunidos en la corte porque el rey, por fin, había pasado una tarde distraída y la risa había aflorado nuevamente en sus labios.
¿Cuál es tu nombre y cómo se llama este juego?, pregunto el rey Selam.
Mi hombre es Sihisa, hijo de Kelat, y este juego se llama ajedrez, contestó el anciano.
Pues bien Sihisa, hijo de Kelat, has logrado vencer mi desdicha y hastío, más ahora dime cuál quieres que sea la recompensa que te mereces, dijo el rey.
Solamente pido que me den unos granos de trigo. Quiero un grano por el primer cuadro, dos por el segundo, cuatro por el tercero, ocho por el cuarto, doblando siempre la cantidad, hasta llegar al sexagésimo cuarto y último cuadro, contestó Sihisa.
No creí que pidieras tan poco; tu modestia casi me enoja. Traedme medio saco de trigo para cumplir con la petición de Sihisa, ordenó Selam.
Se cuenta que los criados acudieron con un saquito de trigo y comenzaron a contar granos -1, 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128-, la primera línea se había completado. Comenzaron la siguiente: – 256, 512, 1,024, 2,048, 4,096, 8,192, 16,384, 32,768-, completando la segunda línea.
Para completar la tercera fila fueron necesarios 65,536 granos. De esta manera, numerosos criados contaban sin descanso los granos hasta que días más tarde el Gran Visir del Palacio se presentó ante el rey Selam y le dijo: Señor, no es posible complacer al anciano Sihisa, hijo de Kelat, porque no hay bastante trigo en todo el reino, ni en todo el mundo, señor.
Los matemáticos de la corte calcularon que no había bastante trigo aunque se sembrara la tierra entera año tras año.
Buscad a Sihisa, hijo de Kelat, y traedlo a mi presencia, pero el anciano de barbas blancas había desaparecido y nadie nunca lo volvió a ver jamás.
Hasta aquí la historia del origen del ajedrez, pero más allá de este relato resulta interesante ver que una petición, en apariencia sencilla de conceder, resultó imposible de cumplir.
Veamos si en verdad no existe bastante trigo en el mundo para satisfacer el deseo de Sihisa.
El tablero de ajedrez tiene 64 casillas. Observemos la cantidad de trigo necesario para llenar el primer cuadro de la primera línea de las ocho que lo conforman.
Línea 1. . . . . . . . 1 grano.
Línea 2. . . . . . . . 256 granos.
Línea 3. . . . . . . . 65,536 granos.
Línea 4. . . . . . . . 16,777, 216 granos.
Línea 5. . . . . . . . 2,694, 697.296 granos.
Línea 6. . . . . . . . 688,311, 627.696 granos.
Línea 7. . . . . . . . 176, 207, 776.690.176 granos.
Línea 8. . . . . . . . 45,109,190, 832.685.056 granos.
Traducido en cantidades tangibles esto significaría lo siguiente:
El de la línea 1: Un grano de trigo.
El de la línea 2: Un puñado de trigo que cabe en la palma de la mano.
El de la línea 3: Aproximadamente un paquete con dos kilos y medio de trigo.
El de la línea 4: Algo más de medio metro cúbico de trigo.
El de la línea 5: Un depósito de 20 metros de altura, 2 de ancho y 2 y medio de profundidad.
El de la línea 6: 2, 500 vagones de unas 10 toneladas cada uno.
El de la línea 7: Una escuadra de 700 buques de 10, 000 toneladas cada uno.
El de la línea 8: Un edificio con fachada de 10 kilómetros de largo, una profundidad de un kilómetro y una altura de 180 metros.
La cifra total es de 18, 446, 744, 073, 709, 551. 615 granos de trigo; es decir, (dieciocho trillones, cuatrocientos cuarenta y seis mil setecientos cuarenta y cuatro billones, setenta y tres mil setecientos nueve millones, quinientos cincuenta y un mil seiscientos quince), ¡¡lo que equivale a cosechar toda la superficie terrestre cultivable (conocida en el día de hoy!) durante más de 10 años!!
Como se aprecia, la cantidad de granos exigida por Sihisa es imposible de pagar, dejándole con ello una importante lección al rey Selam: hay que aprender a ser prudente y no prometer lo que no se está seguro de cumplir, siempre hay que ver y analizar primero si lo que pretendemos realizar está dentro de nuestras posibilidades y capacidades para hacerlo, de lo contrario hay que pensar en otra solución.
Asimismo, el juego del ajedrez nos deja, entre otras cosas, las siguientes enseñanzas:
-Para conseguir nuestros objetivos es importante jugar en equipo.
-Todas las piezas que conforman nuestro equipo son importantes para alcanzar nuestras metas, sin su ayuda no es posible lograrlo.
-A veces es necesario sacrificar alguna pieza para conseguir el triunfo.
-Hay que ser perseverantes en nuestras metas, si no se consigue triunfar al primer intento, hay que seguir intentándolo hasta que se consiga.
-En la vida hay que ser analítico y no precipitarse en lo que vamos a realizar.
Aprendamos, además, que, como en el ajedrez, el triunfo en la vida no se improvisa, por ello debemos elegir la estrategia correcta y utilizar adecuadamente nuestra inteligencia y capacidades para alcanzar nuestras metas.